No sé por qué razón estaba me encontraba pegada al twitter un día tan lluviosamente absurdo como aquél en el que todos estaban celebrando no sé cuáles acontecimientos de los que jamás me enteré... Miraba como cada eternidad en minutos aparecía uno o dos twitts más recientes, siempre de alguna celebridad de esas que uno sigue por seguir. Yo estaba sola en el apartamento y, para ser sincera, no tenía mejor cosa que hacer.
Tomaba nestea y hojeaba algun libro, convencida de que el mundo andaba en slow motion; vamos, que estaba más aburrida que una pantalla en señal de ajuste.
Se hizo la hora en que la tarde comienza a oscurecerse, sin mayores señales de vida inteligente que las antes mencionadas sin ninguna señal de vida inteligente ni en éste país, ni en este hemisferio, ni en éste planeta de mierda donde las historias como ésta sólo ocurren cuando uno... En fin; sin ninguna señal de vida inteligente hasta que ella se hizo sentir con uno de sus tweets. Decía que acababa de llegar al aeropuerto de Caracas y que esperaba para regresar a Maracaibo. Yo, como de costumbre, no dije nada bajo la premisa de que <<No es mi peo. Cada quien hace de su twitter el vertedero de sus glorias y miserias>> y seguí leyendo mientras el cielo se estrellaba contra la ciudad en enormes gotas océanos de lluvia.
Algo más tarde, probablemente unos cientos de años un par de horas, volvió a twittear quejándose de no recibir ninguna respuesta (Ya por aquí el universo me daba una pista de lo que realmente sucedía), diciendo que había aterrizado en Maracaibo y que a menos que fuese en lancha, la lluvia no la dejaría salir del aeropuerto. Miré por la ventana y comprobé que tenía razón. Entre la lluvia y la excusa para desaparecer de la gente no debía haber ni un taxi, ni un alma, ni un atrevido que aventurara sus ruedas por los ríos que ahora ocupaban el lugar de las calles. Omitiendo mi filosofía twitteriana "Esta verga no es un chat" le pregunté cómo haría para salir de ahí, si alguien la buscaría o algo, no sé, por saber. Una vez que me contestó que su regreso no había sido planeado y que no había podido ponerse de acuerdo con nadie para que la fuesen a recibir, yo, por altruismo o por aburrimiento o por la razón que ustedes le quieran dar, me ofrecí para recogerla en el aeropuerto.
...Y eso hice. Debo confesar que mis humildes ojos no estaban preparados para ver aquella obra de arte viva, caminando ¡y caminando hacia donde estaba yo! Espabilé, estoy casi segura de haber sacudido la cabeza justo a tiempo para que no se diera cuenta; nos saludamos y en medio de conversaciones tontas típicas de la primera vez que hablas con alguien llegamos a mi casa. ¿Por qué a mi casa? Simple. Era más cerca.
Me fascinaba escucharla hablar ¡Era tan descomplicada y real! el epítome de la femineidad, lo que yo quería ser cuando sea grande (ok, no nos hagamos los tontos) lo que yo secretamente había soñado explorar de punta a punta con la totalidad de mis sentidos.
No fue necesario explicarle dónde diablos se había metido todo el mundo, ella parecía saberlo y, a decir verdad, la gente a tomar por culo no era lo más importante en ese momento.
Yo, sentada en el piso, sin segundas intenciones le propuse cambiarse de ropa; mojada y transparente se veía bien pero casi seguro no se sentía igual. Para mi suerte sorpresa, lo hizo frente a mí, alegando que, al menos en ese tema, ella no tenía complejos. Sostenía en su mano una blusa de color claro que, por accidente (azares del destino, o gracia divina), vino a aterrizar en mis piernas; por reflejo la tomé y levanté la mirada para entregársela. Ella se había inclinado a recogerla y nos encontramos ahí, en mitad de todo, entre suelo y el infinito, entre el camino fácil y el divertido, entre colocarse esa blusa o dejarse terminar de desvestir. Me descubrí respirando, consciente del olor de su cuerpo; ya la vista había entrado desde el principio, ahora el olfato... Y ella también se dio cuenta que el juego había comenzado.
Nos tocamos, besé su cuello, recorrí su espalda y la hice eterna entre mis dedos, me entregué a las sensaciones hasta entrar en ese estado que solo es comparable con el que se alcanza realizando una danza ritual. Cuando mi pensamiento se ordenó y volví del nirvana al aquí y al ahora, me encontraba recorriendo su piel con mis manos, mientras que con mi lengua pedía permiso para naufragar en su sexo. Abrió sus piernas como un dios que abre las puertas del cielo, yo respiraba, besaba, lamía y estimulaba cada lugar posible (y me atrevo a decir que alguno que otro imposible). Con los dedos me abrí paso e invadí sus espacios invisibles, sentí su humedad, el calor que emitía...El sonido de su respiración y sus quejidos me hacían sentir más implacable que nunca sometiéndola a la sublime tortura del placer inconmensurable que precede al orgasmo. Ella apretaba los ojos, se mordía los labios, se resistía a llegar hasta que, inevitable, se precipitó en el más sincero gemido dejándome a mí también con la sensación más dulce recorriendo, por oleadas, mi cuerpo.
Cerré los ojos, respiré profundo, busqué en mi cabeza algo para romper el silencio que sobrevino después de lo que acababa de suceder, no encontré nada bueno para decir. Respiré de nuevo y, cuando abrí los ojos, me encontraba sola en medio de mi cama, desnuda y con el sol clavándose por mi ventana. Todo había sido producto de la bienaventurada resaca de la noche anterior que se mezcló con sus tweets y la sensualidad innegable de su avatar.